Empezó con una barra
y gente que no se quería ir.
Éramos socios. El tiempo nos volvió hermanos. Servíamos tragos, cerrábamos tarde, y cada noche alguien preguntaba si había algo de comer.
La comida llegó sin anuncio. Primero el Philly que Emil llevaba años ajustando. Después la burger que Miguel comía en casa. Luego las alitas de la receta de su papá.
Lo demás llegó igual: probando, repitiendo, escuchando la mesa.